1. La Argentina y el azúcar
En la primera mitad de este siglo las zonas más bajas y húmedas de las provincias de Salta y Jujuy (lo que se conoce como «el Ramal») fueron el escenario del desarrollo de una intensa actividad de producción azucarera que tuvo y en buena medida tiene una gran influencia en la ACRB.
El cultivo de caña para producir azúcar cristalizada y otros derivados (rapadura, aguardiente, melaza, alcohol) es una actividad relativamente antigua en Argentina (fue introducida por los jesuitas en el siglo XVII) y existe en muchas regiones que ecológicamente son aptas para este cultivo: Tucumán, Misiones, el Chaco, el norte de Santa Fe.
Hasta mediados del siglo XIX, la obtención de azúcar a partir de la caña era una labor artesanal, basada en exprimirla utilizando trapiches de madera traccionados por bueyes, tal como se hacía en el resto de América Latina y en otras partes del mundo. Esta actividad era lenta, poco eficiente y resultaba un producto de escasa calidad. La concentración de demanda producida por el crecimiento relativo de la población urbana a principios del siglo XIX en Europa y los EEUU, produjo un aumento enorme en el consumo de lo que hoy conocemos como azúcar granulado o cristalizado, lo que a su vez obligó a un brusco cambio en la tecnología de producción. Estos cambios fueron la introducción del trapiche movido por máquinas de vapor y una mayor eficiencia en los sistemas de cristalización y refinación del azúcar.
Argentina no se mantuvo al margen de estos cambios en la Producción azucarera, pero para que éstos se produjeran debía primero haber una fuerte intervención estatal. La Argentina es un país marginal en lo que respecta a la ecología de la caña de azúcar: las zonas más aptas no alcanzan a tener una productividad ni remotamente similar a las grandes áreas tropicales de producción del mundo (Cuba, Mauricio, Colombia), sumado al Problema que, por su ubicación latitudinal, la producción no puede ser continua, sino forzosamente estacional. Esto hace que la actividad azucarera en el país esté muy marcadamente dividida entre un período «muerto» (noviembre/abril), correspondiente al momento de crecimiento de las plantas y uno activo (mayo/octubre) cuando se corta la caña e inmediatamente se la muele. Esto, y sobre todo en condiciones de relativamente poca modernización tecnológica, tiene una directa relación con el empleo de mano de obra.
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2. El Norte y el azúcar
Si bien, como ya se dijo, la actividad azucarera era antigua en el país, no se encontraba a la altura de las circunstancias, ni en calidad ni en precio, como para competir con el azúcar que a mediados del siglo pasado llegaba desde Brasil. El azúcar que se producía en Tucumán y en menor medida en Jujuy era de muy baja calidad, alto costo de producción y para colmo su traslado hasta los centros de consumo era caro y lento. La llegada masiva del azúcar de Tucumán y las otras provincias del norte a los grandes mercados pampeanos fue el resultado de la combinación de varios factores: apoyo estatal, construcción de ferrocarriles y creación de una nueva estructura agraria. En este caso nos vamos a centrar en lo que sucedió en Salta y Jujuy, dado que la situación de Tucumán, la mayor productora de azúcar del país, tiene notables diferencias (Campi, 1991).
En la década de 1860 el gobierno nacional, respondiendo a la constante presión de las provincias del norte y para evitar la competencia del azúcar importado y fomentar la actividad azucarera en el país, comenzó a gravar la importación de ese producto. De esta forma, el impuesto a la importación pasó del 18% en 1866 al 25% en 1882, 90% en 1888 y 286% en 1912 (Rutledge, 1987). Protegidos de esta forma, y favorecidos por líneas de crédito estatales, los ingenios de Salta y Jujuy comenzaron a modernizarse, a lo que ayudó la llegada del ferrocarril a Jujuy (1895), Ledesma (1902) y finalmente Orán (1922). Este era utilizado para transportar el azúcar en forma rápida y barata hacia los mercados del sur, pero también resultó muy útil para llevar las nuevas maquinarias desde el puerto de Buenos Aires hasta el noroeste.
La actividad azucarera en Salta y Jujuy databa de algunos años antes. Por ejemplo, hay indicios que en 1841 la familia Uriburu, residente en Salta, había instalado en el valle de Zenta una hacienda azucarera. También había viejos ingenios, muy obsoletos, en Ledesma y San Isidro (Campo Santo). Pero el gran empuje a la producción provino de la llegada de las nuevas tecnologías productivas, movidas por máquinas a vapor. Para instalar estas maquinarias llegó al norte en 1876 el Ingeniero Juan Leach, que instaló el nuevo ingenio Ledesma y dos años más tarde el de San Isidro. Leach se quedó en el país y fundó en 1884 el ingenio La Esperanza. Pocos años más tarde, en 1892, se crea el Ingenio La Mendieta y recién en 1920 comienza a funcionar el Ingenio San Martín del Tabacal, cerrando el ciclo de creación de la industria azucarera moderna en Salta y Jujuy.
Ayudados por una mayor productividad natural del área en relación a la de Tucumán, y por una estructura agraria basada en el sistema de plantación, estos ingenios se desarrollaron notablemente, y la superficie cultivada, que era en 1895 de 2800 has, pasó a 3900 en 1910, 12700 en 1920, 20000 en 1930 y 24000 en 1940.
La producción azucarera en lo que se ha dado en llamar «El Ramal» (nombre que proviene de la construcción del ramal del ferrocarril de Güemes a Pocitos) se hacía bajo el sistema de plantación. Este sistema, introducido en América desde la islas Canarias, se basaba en la propiedad de grandes extensiones de tierra y el uso del trabajo esclavo. Este último fue reemplazado más tarde por otro tipo de trabajo semiservil y finalmente adquirió todas las características del trabajo asalariado. Pero el hecho básico de ser un sistema cerrado, donde un solo propietario poseía las tierras, los cultivos y la planta procesadora (esto es, todo el proceso se hace dentro de un solo establecimiento) continuó hasta hoy en día y es lo que caracteriza al Ramal de otras áreas azucareras del país, sobre todo de Tucumán (allí el cultivo de caña está separado de la producción de azúcar).
Dadas las condiciones técnicas de la época, y las específicas características ecológicas del área de las plantaciones (el valle del río San Francisco y parte de la cuenca del Alto Bermejo), para la producción de caña de azúcar se necesitaba una gran cantidad de mano de obra en los meses de cosecha. Esta se realizaba a mano (corte, pelada, despuntado y carga), y solamente se utilizaban medios técnicos para el transporte de la caña al ingenio. La instalación de plantaciones en el Ramal se encontró entonces con un problema grave: la falta de mano de obra en una región muy poco poblada. Para obtener ésta, las plantaciones fueron utilizando diferentes estrategias a lo largo del tiempo.
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3. La zafra en el Ramal: los indígenas
En un primer momento, aproximadamente entre 1880 y 1920, la mano de obra más numerosa era la provista por las tribus indígenas chaqueñas, acompañadas en menor número por campesinos de las tierras altas, sobre todo de Catamarca, y de una pequeña cantidad de bolivianos.
La forma de utilización de la mano de obra indígena estaba muy cerca de la explotación esclavista. Para obtenerla, los ingenios en un primer momento confiaron en los colonos ganaderos que se estaban instalando en el Chaco salteño, quienes hacían arreglos con los caciques de diferentes grupos indígenas para que éstos llevaran a los trabajadores hacia los ingenios, cobrando una cierta suma por cada indígena enviado a la zafra. Al crecer la producción de caña, este sistema demostró ser poco confiable, y los propios ingenios armaron su sistema de contratación (conchabo en términos locales), apoyados en la información que sobre la cantidad de indígenas les daba el ejército (éste se mantuvo activo en la región hasta 1911, cuando se producen las últimas campañas dirigidas a someter y controlar las tribus indígenas).
Hacia el mes de enero los conchabadores se internaban en el Chaco, llegando hasta aproximadamente lo que es hoy Sáenz Peña, en la Provincia del Chaco, e iban reclutando a los indígenas para el largo camino hacia los ingenios. Los indígenas eran en su mayoría de la etnía wichi (matacos, como se los conoce comúnmente), pero también eran reclutados chanés y tobas. Desde el sur de Bolivia llegaban los chiriguanos, aunque éstos en general se preferían como trabajadores permanentes o bien como capataces. El número total de indígenas que se movilizaban hacia los ingenios es muy difícil de establecer, dado que no todos participaban en la zafra, y los que lo hacían, raramente iban dos temporadas seguidas (lo que no es raro de imaginar, dadas las características del trabajo y los resultados económicos obtenidos al fin de la zafra), pero hay datos que hablan de unas 5.000 personas (que es aproximadamente lo que teóricamente se necesitaría para levantar una cosecha del Ramal en ese momento).
Estos indígenas vivían en sus lugares de origen con una economía fundamentalmente cazadora y recolectora, y para nada estaban en contacto con el trabajo asalariado. Su ignorancia al respecto, su actitud generalmente sumisa y la rampante codicia y desaprensión de los ingenios trajo un sinnúmero de problemas a los indígenas: por lo general no se les pagaba si no era en especias, vivían en condiciones miserables, la comida era muy mala, eran maltratados por los capataces, y para colmo eran acusados por los ingenios de mascar grandes cantidades de la caña de azúcar que estaban cortando.
Por lo general el viaje de los indígenas (dependiendo de donde eran contratados) comenzaba en marzo, y mucho tiempo después llegaban a pie hasta Embarcación o Pichanal, desde donde eran trasladados en tren hacia los ingenios. Allí trabajaban entre mayo y octubre, y después volvían hacia sus lugares de origen, con las pocas pertenencias que el ingenio les pagaba como salario (yerba, azúcar, mantas, caballos, herramientas, armas) sin tener la menor idea del valor de las cosas que obtenían ni de la remuneración que habían obtenido por su trabajo. Los indígenas eran explotados y controlados por una larga cadena de dominación: el cacique que los obligaba a ir a la zafra a cambio del pago que le hacían los conchabadores, los propios conchabadores que actuaban muchas veces como guardianes en los ingenios, los capataces, la policía y el ejército (Bisio y Forni, 1976; Conti y Lagos, 1988; Niklison, 1989).
La mano de obra indígena no era seguramente muy eficiente (no parece que tuviera demasiados alicientes para serlo), pero tenía la enorme ventaja de su bajo costo. Sin embargo, su importancia comenzó a declinar, en parte porque se hacía cada vez mas difícil convencer a los indígenas que fueran a la zafra, pero también en buena medida porque desde el Territorio del Chaco la naciente actividad algodonera comenzaba a competir por la mano de obra indígena. En realidad no se trataba de dos actividades superpuestas en el tiempo: la cosecha del algodón es entre marzo y mayo, y la de la caña de azúcar entre mayo y octubre (en tiempos más recientes, fue muy común que los obreros santiagueños trabajaran en ambas cosechas) (Bilbao, 1968), pero el problema estaba en el largo tiempo que los indígenas necesitaban para ir hasta los ingenios. Para evitar esta migración - y no se trataba de una actitud humanitaria - las autoridades del Territorio publican un decreto en 1924 prohibiendo que los indígenas que vivían en el Chaco fueran movilizados hacia la zafra, y este decreto se vio reforzado por otro similar emitido por el Gobierno Nacional en 1927.
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4. La zafra y los campesinos andinos
La previsible reducción de la mano de obra indígena trajo un problema para los ingenios, ya que para 1914 necesitaban - unos 6.000 trabajadores para levantar la zafra. Por otra parte éstos tenían que estar listos y dispuestos para el momento que comenzara la molienda, dado que por las características de la caña de azúcar, ésta no soporta un período demasiado largo entre el momento del corte y la molienda sin perder una apreciable cantidad de sacaras. El trabajo de zafra tiene que ser por el mismo motivo constante, garantizando una entrada continua de caña de azúcar en el ingenio, cuya molienda no puede parar.
Es, en esta situación de crisis de la mano de obra para la zafra, cuando en 1920 el Ingenio San Martín del Tabacal comienza a producir. En los primeros años de existencia este Ingenio adoptó también la técnica de contratación de indígenas, pero en muy poco tiempo desarrolló un sistema novedoso, que iba a tener un enorme impacto en la ACRB.
El Ingenio San Martín del Tabacal pertenecía a una compañía comandada, entre otros, por varios personajes notables de la oligarquía salteña, siendo el más renombrado Don Robustiano Patrón Costas. El Ingenio fue planificado desde un principio como una plantación de gran envergadura: para 1930 ya tenía en producción 4800 hectáreas de caña, que llegaron a 7600 diez años más tarde, constituyéndolo en el de mayor tamaño de su momento. El ingenio se ubicó en El Tabacal, a pocos kilómetros al sur de Orán y enseguida se vio rodeado por una población ligada a la actividad del ingenio que dio lugar a la actual localidad de Hipólito Irigoyen. El ingenio estaba planificado a la vieja usanza de las plantaciones del Caribe: rodeando a la fábrica se encontraban los barrios para diferentes categorías de trabajadores permanentes, y un lujoso barrio para los administradores. Hacia el norte Y el oeste se extendían los cañaverales, que se unían al Ingenio por un sistema de Decauville (ferrocarril de carga de trocha muy angosta y con rieles que se podían trasladar fácilmente), por donde se transportaba la caña cortada.
Para asegurarse la mano de obra para la zafra, en los primeros diez años de su existencia el ingenio se preocupó por armar una red de relaciones de diverso tipo (compra, arriendo) con las haciendas andinas de Salta y Jujuy, que constituían lo que podríamos llamar una enorme reserva de mano de obra y que en su mayor parte estaban en manos de la oligarquía salteña. Para 1930, las haciendas relacionadas con San Martín del Tabacal eran las que se encuentran en el Cuadro 6.
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5. Haciendas y plantaciones
Las haciendas, ya entrado el siglo XX, habían ido quedando prácticamente aisladas del desarrollo del resto de la sociedad. Representaban a un mundo pasado, y no habían sabido adaptarse al nuevo, que significaba el ferrocarril, la industria, el trabajo asalariado. También había quedado aislado del desarrollo general lo que podríamos llamar el mundo campesino que estaba fuera de las haciendas. De esta manera, los densos grupos de campesinos que vivían en una economía de casi subsistencia en Catamarca, el oeste de Tucumán, en los valles Calchaquíes y en la Puna , también formaron una reserva de trabajo para el desarrollo moderno de algunas áreas del noroeste. Pero es interesante analizar la forma en que se estableció este vínculo.
En el caso de las poblaciones campesinas andinas, vuelve a aparecer la figura del conchabador, el articulador de la mano de obra entre el Ingenio y las diferentes áreas. Pero el caso es diferente al de los indígenas: no había aquí un sistema de control y dominación por la cadena ejército/cacique, y los sistemas que había que emplear debían ser diferentes. La población campesina, ya sea la que se encontraba libre, o la que se ubicaba dentro del sistema de haciendas, vivía en una economía de casi completa subsistencia (como veremos más adelante para el caso de la ACRB ), ampliada a veces dentro de un sistema de trueque, pero casi nunca integrada al sistema mercantil.
Lo primero que se necesitaba entonces era conectar a esa población a la circulación monetaria, lo que se hizo por la vía de la introducción de mercaderías que no producía el mismo campesino, o que reemplazaban a las que sí producía. Para reforzar ésto, los ingenios armaron en todas las áreas campesinas una extensa red de influencias basados en los personajes notables de los diferentes pueblos: jueces de paz, comisados, maestros, quienes muchas veces actuaban como contratadores de los ingenios. Esto se complementaba con el papel del bolichero, que adelantaba mercaderías a cuenta a los campesinos (azúcar, herramientas, yerba, harina) y luego forzaba a éstos a ir a la zafra para poder pagar sus deudas. En el caso de las grandes haciendas andinas este sistema era algo diferente: aquí existía además una presión por la vía del requerimiento del pago de arriendo de tierras y derechos de pastajes, que se sumaba a las deudas por compras de mercaderías.
Como se puede ver, el sistema estaba dirigido a que en una situación de escasez de mano de obra los ingenios tuvieran garantizado el acceso de ésta a la zafra. La articulación con la población campesina se hacía mediante su transformación parcial en asalariados (lo que se conoce como semiproletarización) que tenía grandes ventajas para los ingenios: aquí no se repetía el caso de las plantaciones caribeñas, donde la población zafrera estaba establecida permanentemente dentro del establecimiento, donde trabajaba y se reproducía social y demográficamente. En este caso los ingenios se despegaron de esta fase de la población campesina, que volvía todos lo años a su lugar de origen a tiempo para comenzar con los trabajos agrícolas, y mantener viva su economía campesina.
Pero ésto es una verdad a medias: si bien la producción agrícola campesina se realiza en todo el noroeste en la época de lluvias (esto es, de noviembre a marzo), el sistema completo de producción y reproducción social campesina toma todo el año. El invierno, la temporada de «mano muerta», es cuando el campesino se dedica a tejer, construir y reconstruir sus viviendas, construir y reconstruir corrales, despedrar los futuros campos de cultivo, construir y cuidar el sistema de acequias, fabricar su calzado y sus herramientas y, en muchos casos, trasladar su ganado hacia las zonas con mejores pastos invernales. La introducción del trabajo de zafra, que en un primer momento (y durante muchos años) incluyó tanto a hombres como a mujeres, rompió parcialmente esta parte de la economía campesina, y lo que el campesino no podía producir debía comprarlo, ya sea en su lugar de origen o en el ingenio. Con ésto se cerraba el círculo de hierro de la eterna deuda del campesino: se veía obligado a migrar a la zafra para poder pagar el arriendo de sus tierras y comprar la mercadería que a .,su vez no podía producir él mismo porque estaba trabajando en la zafra (Reboratti, 1989).
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6. El trabajo de zafra
Ya para 1930 el trabajo de zafra estaba casi exclusivamente en manos de los campesinos de las tierras altas y, al terminar la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, también comenzaron a afluir hacia ella bolivianos provenientes sobre todo de Cochabamba y Tarija.
Todos los años a partir de abril, los conchabadores conducían a los campesinos de diferentes áreas hacia las estaciones de ferrocarril, desde donde los enviaban hacia los ingenios. Los campesinos se concentraban - y en alguna medida todavía lo hacen - en La Quiaca los que venían del norte de la Puna (Santa Catalina, Cieneguillas), de Santa Victoria y Nazareno y también desde Bolivia; en lturbe los que lo hacían desde Iruya y en Humahuaca para los que venían de Casabindo, Rinconada y Cochinoca en la Puna. En San Salvador de Jujuy el tren se desviaba hacia el Ramal, donde los campesinos descendían en Güemes para ir al ingenio San Isidro; en San Pedro para ir a La Esperanza y La Mendieta; en Libertador General San Martín para ir a Ledesma y finalmente en Hipólito Irigoyen para ir al Tabacal. Además llegaban a pie al Ingenio San Martín del Tabacal contratistas con contingentes desde San Andrés y bolivianos que venían desde Tarija.
Posteriormente, la entrada de caminos para vehículos al perímetro de la ACRB permitió que los contratistas concentraran la gente en los diversos pueblos donde llegaban éstos (Iruya, Santa Victoria) y los trasladaran directamente a los ingenios o los llevaran más rápidamente a las cabeceras del ferrocarril.
En los Ingenios los zafreros eran distribuidos en diferentes lugares de concentración, llamados «lotes», algunos prácticamente pequeñas ciudades [1] . Los lotes estaban formados por largas filas de galpones de madera donde se alojaban los zafreros. Cada galpón estaba dividido en cuartos, donde convivían hasta ocho personas. Si los zafreros estaban acompañados por sus familias y tenían suerte, se les asignaba una pequeña habitación donde dormían a veces cuatro o cinco personas, si no, vivían con otros hombres solos. Los galpones no tenían ni baño ni agua corriente, y ésta normalmente se obtenía de una acequia cercana o bien de grifos instalados en el exterior. El baño consistía en una letrina para el uso general de uno o dos galpones (Solari, 1940).
El trabajo de zafra se extendía por diez o doce horas: los que tenían familiares eran atendidos por ellos para las comidas (se las llevaban al surco) y el lavado de ropa, y también era muy común que las mujeres cocinaran y lavaran para los hombres solteros. El almuerzo se realizaba en el campo, y al atardecer los zafreros retornaban a los lotes, para volver a salir cuando todavía era de noche hacia el surco.
El trabajo de zafra consistía en, una vez asignado un surco, cortar la caña, pelar las hojas, despuntarla y voltearla al lado del surco. Dependiendo de la organización, el mismo zafrero trasladaba la caña al hombro hasta la punta del surco, donde era pesada (no existía ningún tipo de control sobre el proceso de pesaje) y recogida por carretas de bueyes o puesta sobre vagonetas que corrían por las vías del Decauville. Más modernamente el trabajo se organizaba en forma seriada, con grupos de cortadores y peladores y otros de cargadores. Aun cuando las estimaciones son variables, en circunstancias normales una persona con ayuda familiar («cuarta» como se la conocía) era capaz de cosechar entre tres y cuatro toneladas de caña diarias, lo que se reducía a 1,5 T si trabajaba solo.
Llegado el momento del cobro (que era generalmente mensual), el Ingenio, a través de un sistema de fichas que eran entregadas a los trabajadores cada vez que cumplían cierto tonelaje de cosecha, asignaba a cada cosechero su paga, de la cual podía descontar cosas como el alojamiento o la prestación de algunos servicios generales. En muchos casos la paga no era entregada al cosechero, sino al conchabador, que deducía de la misma las diversas deudas que teóricamente había contraído el cosechero (mercaderías, arriendos, traslado, etc.) y le entregaba el resto. Muchas veces también acudían en el momento de pago los almaceneros y los administradores de las fincas para cobrar sus deudas de arriendo de tierras y pastaje.
Una vez terminada la zafra, los cosecheros eran concentrados en las estaciones de ferrocarril y enviados de vuelta a sus lugares de origen, enfermos, agotados, desnutridos y muy pocas veces con algo de dinero. Generalmente, para el mes de febrero volvían a estar endeudados con los almaceneros a cuenta de la próxima zafra y el ciclo comenzaba nuevamente.
Hacia 1920, la cantidad de zafreros que se necesitaban para levantar una cosecha del Ramal era de aproximadamente 6.300 personas trabajando durante seis meses y la cantidad de potenciales trabajadores de la ACRB se podía ubicar alrededor de las 2.000 personas, si bien es imposible hacer un cálculo más afinado.
Para movilizar este número de trabajadores, se había construido una red de contratistas. En Santa Victoria, Iruya y Nazareno actuaban conocidos personajes locales como contratistas: en el caso de Santa Victoria era Don Candelario Ovando, el encargado de la Finca , el que hacia las veces de contratista, función a la que unía la de almacenero y propietario de tierras (antes fueron contratistas Santos Manuel Córdoba, Fernando Langarella y Estratón Moreno). Más tarde en ese mismo pueblo comenzó a actuar Don Pedro Burgos, un almacenero local, como contratista para el Ingenio Ledesma. En Iruya, los contratos estaban concentrados en las manos de Abel Mendoza, el principal almacenero del pueblo.
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7. Los cambios a partir de 1940
La situación de la migración temporaria a la zafra no tuvo mayores alternativas entre 1930 y 1944. En este último año el Gobierno Nacional promulgó el Estatuto del Peón, dirigido a regular y controlar el trabajo rural asalariado. Este estatuto, que entre otras cosas determinaba las horas de trabajo, las relaciones patronales y los niveles y oportunidades de salario, tuvo un cierto efecto regulador en las relaciones entre los zafreros y los ingenios, pero en el fondo la situación no cambió demasiado.
La lucha por la propiedad de las tierras de la Puna , origen de buena parte de los zafreros del Ramal, tuvo nuevas alternativas en la década del 40. Si bien, como ya hemos visto, a principios de siglo los hacendados jujeños se habían vuelto a hacer cargo de la mayoría de las tierras que en su momento el Gobierno Federal había declarado fiscales, ésto no significó que la situación se hubiera aquietado. En toda la primera mitad del siglo XX hubo numerosos problemas surgidos por el requerimiento de cobros de arriendo por parte de los hacendados, y la negativa a pagarlos por los puneños. Esto no parece haber afectado la situación de la ACRB , por las diferencias políticas a las cuales ya hemos hecho referencia. Pero a partir de la asunción al poder de Juan Domingo Perón, los requerimientos de los puneños se hicieron más fuertes.
En 1946 se realizó lo que dio en llamarse el «Malón de paz» que consistió en una caravana de puneños que a pie hizo el recorrido hasta Buenos Aires para hacer llegar su pedido de expropiación de las grandes haciendas al Gobierno Nacional. Aparentemente en esta caravana participaron algunos pobladores de la ACRB , principalmente de San Andrés (Norte Andino, 1989). Si bien en un primer momento los resultados de esta movilización no parecían muy alentadores (el Gobierno nacional, después de escuchar el pedido de los puneños, terminó expulsándolos de Buenos Aires y metiéndolos en trenes para regresarlos al norte), hubo mucha agitación en el Poder Legislativo por parte de varios legisladores peronistas de las provincias del Norte, y finalmente en 1949 se promulga una ley de expropiación de los latifundios puneños (Decreto 18.341/49).
Entre estos latifundios se encontraban las Fincas de Yavi, en ese momento alquilada por Doña Hortensia de Figueroa y Campero (hija de Corina Campero y descendiente del Marqués de Yavi) al Ingenio San Martín del Tabacal; y Rodero y Negra Muerta, adquirida por el Ingenio en 1929 (Rutledge, 1987). Esta expropiación no resultó en la cesión de las tierras a los puneños, sino que el Gobierno encomendó a la Provincia de Jujuy que realizara este proceso, que hoy, a casi medio siglo de la expropiación, todavía no ha concluido.
Como había sucedido en el siglo anterior, las haciendas de la ACRB, a pesar que compartían las características que habían impulsado al Gobierno Nacional a expropiar las haciendas puneñas, no fueron afectadas. Desde el punto de vista de las migraciones estacionales a la zafra, la expropiación no cambió demasiado el sistema: los conchabadores ya estaban firmemente instalados en los diferentes pueblos puneños, y el trabajo de zafra se había transformado en una necesidad para los campesinos. Los cambios en la oferta de mano de obra y en las características técnicas de la zafra que se dieron en los años siguientes terminaron de afianzar el sistema de conchabo (Pcia. de Salta, 1947).
Hacia fines de la década del '30 el territorio de la ACRB se amplía, ya que se incorporó a la Argentina el vice-cantón Toldos, antiguamente perteneciente a la provincia de Arce, en el departamento de Tarija, en Bolivia. Este traspaso provenía de una larga historia de acuerdos entre Argentina y Bolivia para fijar definitivamente sus límites. La firma del tratado Quirno Costa-Vaca Guzmán en 1889, que formalizaba la situación con respecto al área de Tarija, la Puna de Atacama y las juntas de San Antonio, había definido en forma muy dudosa el recorrido de la frontera en el área de la ACRB. Los problemas estaban centrados en el uso de cartografía defectuosa que ponía dudas sobre la ubicación definitiva de lo que en tratado se nombraba como cerro Porongal. Al asimilar a éste con el cerro Mecoya, la línea demarcatoria, que antes en la práctica pasaba por el río Lipeo, se lleva al norte hasta los ríos Santa Rosa y Condado. De esta forma se incorporó a la ACRB una superficie de alrededor de 56.000 has., con una población que se podría estimar en unos 1 .200 personas. (Carrillo, 1925; Mercado Moreira, 1930; Peralta, 1933;)
En 1947 se realizó el cuarto censo nacional, luego de 33 años sin tener información alguna sobre la cantidad y características de la población argentina. Si bien en general los datos de los Censos en la ACRB hemos visto que tienen más valor cualitativo que cuantitativo, esta situación se hizo flagrante en el de 1947, que tiene errores notables de subestimación, por lo que hay que tomarlo corno un valor apenas indicativo. La población de Santa Victoria e Iruya llegaba en ese año a unas 10.200 personas, lo que indicaría que ésta había crecido desde 1914 a una tasa del 9,2 por mil anual, sospechosamente baja para una población campesina aislada. Esta situación se agrava si tenemos en cuenta que en el ínterin se había sumado la población del área de Toldos. La población sigue siendo muy joven (42% de los censados tienen 14 años o menos) y el índice de masculinidad se puede considerar normal: 98 varones por cada 100 mujeres.
Lo que seguramente mejoró en la ACRB fue la situación educacional: los adultos analfabetos son ahora el 38,5 % de la población, pocos en comparación al 80% de 1895. La primera mitad del siglo marca la gran expansión del sistema educativo del país, y en eso no estuvo marginada la ACRB, dado que se fundaron una gran cantidad de escuelas en los rincones más apartados. Donde se puede confiar realmente muy poco en las cifras censales es en los datos económicos, dado que hay una obvia subestimación en la información que corresponde a Santa Victoria. Para tener una idea, se censan solamente 332 productores, contra 1586 que se habían registrado en 1914, sin que nada hubiera sucedido que justificara esa enorme disminución. Otro tanto sucede con los vacunos: de 20300 registrados en 1914 se pasa a 10700 en 1947!! Esto puede tratarse tanto de un cambio de definición censal como de un problema de cobertura geográfica del censo.
Una vez terminada en 1937 la Guerra del Chaco, crecientes cantidades de bolivianos comenzaron a afluir hacia la Argentina en busca de trabajo, estacional o permanente. Entre éstos se encontraban muchos que llegaban atraídos por las posibilidades del trabajo en la zafra, y poco a poco comenzaron a ocupar un lugar en ella. Para los ingenios tenían la ventaja de ser una mano de obra sumisa, voluntariosa y que, sobre todo, estaba fuera de las reglamentaciones que regían las relaciones salariales con los zafreros argentinos. Los bolivianos aceptaban trabajar por un sueldo menor, no podían protestar ni por las condiciones de trabajo ni de alojamiento y alimentación en los lotes y si lo hacían, eran inmediatamente expulsados del Ingenio, sin que hubiera legislación ni sindicato que los protegiera (Whiteford, 1975).
Esta mano de obra comenzó a competir con los campesinos andinos y, al crecer también la población de los lugares de origen de éstos, poco a poco una situación de déficit de mano de obra pasó a convertirse en otra de excedente, para beneficio de los ingenios, que veían asegurada la zafra y podían controlar mejor su costo. Los bolivianos competían con los argentinos sobre todo en los Ingenios del sur, mientras que San Martín del Tabacal mantenía su relación con las haciendas andinas, situación que aparentemente no se había dado en forma tan con los otros ingenios (Pcia. de Salta, 1965).
En la década del '60 un nuevo desarrollo ahondó aún más el problema del excedente de mano de obra zafrera: los ingenios comenzaron a aplicar técnicas modernas de cosecha, que fueron reduciendo las necesidades de trabajadores. Entre estos cambios tecnológicos hay tres muy significativos:
a. se emplearon nuevos y más eficientes sistemas de carga y transporte, abandonando el viejo sistema de Decauville y reemplazándolo por una flota de tractores con acoplado que hacían el movimiento interno de la carga de caña y por grandes camiones que hacían el traslado al ingenio. Más tarde el sistema se vio reforzado con el empleo de cargadoras frontales de caña
b.para evitar el pelado de la caña, se adoptó el sistema de quemar las hojas con la caña en pie, mediante incendios controlados. Si bien esta técnica tiene algunos efectos ambientales muy específicos (destrucción de la fauna en las quemazones, gran desprendimiento de anhídrido carbónico, cenizas en suspensión cuando la caña quemada es molida en el ingenio) acelera el trabajo de cosecha, al eliminar un paso en el proceso manual
c.finalmente, se comenzó a introducir maquinaria de cosecha, tanto cortadoras como directamente grandes máquinas combinadas que cortan y muelen la caña en el campo.
La particular estructura agraria del Ramal, basada en la gran plantación, favoreció la introducción de estos cambios, que requieren el manejo de grandes extensiones de cultivo para ser rentables. Esto hizo que el Ramal modernizara su sistema de cosecha mucho antes y en mucha mayor proporción que Tucumán, donde el cultivo de caña está en buena medida en manos de pequeños propietarios, con notorias dificultades para capitalizarse y utilizar maquinarias pesadas.
La rapidez con que se pudieron introducir estos cambios tuvo su contracara en el mercado laboral: los ingenios año a año comenzaron a reducir la cantidad de personal para zafra que contrataban. Esta reducción, que comenzó a mediados de los 60, continúa hasta hoy en día, y ha puesto a los campesinos altoandinos en una difícil situación de absoluta inestabilidad laboral, que analizaremos en detalle mas adelante.
Hacia 1965 el Ingenio San Martín del Tabacal también comienza a reducir las cuotas de zafreros, y simultáneamente abandona sus relaciones formales con las haciendas del Alto Bermejo (las de la Puna, Yavi y Rodero/Negra Muerta, ya habían salido de su órbita directa de influencia por la expropiación de 1949). La finca Santiago (125.000 has) se vende en 1951 a Robustiano Manero (había sido comprada en 1929 por una compañía cuyo principal integrante era Robustiano Patrona Costas, uno de los socios principales del Ingenio San Martín del Tabacal). En una fecha no determinada se vende y se fragmenta la Finca de Hornillos (15.000 has.), un tercio de la cual es comprada por Candelario Ovando, antiguo conchabador del Ingenio y administrador de la Finca Santa Victoria. Por su parte, hacia 1960 el Ingenio anula el arriendo de la Finca Santa Victoria. En resumen, para mediados de la década del '60 la única propiedad que quedaba en manos del Ingenio San Martín del Tabacal era San Andrés, ubicada al sur de la ACRB.
Esta nueva situación marca el inicio de los conflictos y tensiones que hasta hoy en día se dan en la ACRB con respecto a la tenencia y uso de la tierra y el ambiente en general y que analizaremos más adelante.
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[1] Por ejemplo, en el Censo de Población de 1970 se definen ocho lotes en los Departamentos de Ledesma y San Pedro, con una población total de casi 14,000 personas.
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